jueves, 17 de noviembre de 2011

Cuando llueve en Los Sauces

A simple vista, la localidad de Los Sauces no es muy diferente de las otras ciudades agrícolas del sur de la provincia de Buenos Aires. Calles tranquilas, niños jugando en las plazas, banquitos en las puertas de las casas, habitantes gentiles y trabajadores. Es un pueblo cuyo mayor don es haber logrado su propio ritmo, muy distinto a la de las grandes ciudades cosmopolitas.
Sin embargo, lo que ha hecho extraordinario a Los Sauces es un misterio de casi dos siglos y que la ha convertido en materia de estudio de meteorólogos, físicos, hombres de la iglesia, parapsicólogos y científicos de las más diversas ramas: todos los 5 de Noviembre llueve en esa ciudad. A veces puede caer una pequeña llovizna y otras veces el meteoro puede estar acompañado por inquietantes ráfagas de viento. Sea como sea, ese día en el pueblo es el más especial, porque el sol muestra su cara ausente y el cielo parece retorcerse sobre las cabezas de sus habitantes. Y lo más perturbador es que el fenómeno solo se circunscribe al radio del pueblo, ya que ninguna de las ciudades linderas parece verse afectada.
Muchos afirman que se trataría de un milagro y hasta se intentaron organizar procesiones a la iglesia de Los Sauces; movida que siempre se estrelló contra la negativa del párroco y de los lugareños. Otros, los menos, sostienen que las lluvias responderían a una especie de maldición que se bate contra el pueblo y aconsejan no visitar el lugar los 5 de Noviembre ya que cualquier cosa que sea mojada por la tormenta se transformaría en algo maldito. Producto del cielo o del infierno, hay un hecho que es inapelable: todos los 5 de Noviembre llueve en la ciudad de Los Sauces.
Y para dar cuenta sobre las causas del fenómeno, se han tejido las más diversas y complejas teorías. Los más simplistas aseguran que Los Sauces, al encontrarse en una zona de baja presión atmosférica, favorece la formación de nubes convectivas. Estas nubes, conocidas vulgarmente como“cumulunimbus”, son las que vienen cargadas con tormentas. Al acercarse el final del equinoccio de primavera en el hemisferio Sur, el acercamiento paulatino de esta zona al sol producto del ángulo de inclinación del eje del planeta; aumenta la disponibilidad de energía en el subsistema austral climático terrestre y produce cambios en la circulación atmosférica regional. El ingreso de aire cálido y húmedo del Norte, sumado a un incremento de la radiación solar y la formación de perturbaciones sinópticas del Oeste, promovidas por el creciente proceso de calentamiento en esa parte del continente en esas épocas, son las producen las lluvias que caen todos los 5 de Noviembre en la ciudad.
Sin embargo, la teoría que más aceptada entre los pobladores del lugar es la que une a dos sucesos en apariencia inconexos: el romance de Encarnación Godoy y Francisco López, y la pueblada del 5 de Noviembre de 1839.
Según los cronistas, la de Encarnación y Francisco era una de esas historias de amor para toda la vida. Ella era la bella primogénita del dueño de la pulpería. Él era uno de los tantos campesinos que trabajaban en los campos del poderoso estanciero Gervasio Aranguren. No se sabe con exactitud el momento en que se conocieron. Muchos sostienen que nacieron enamorados, a pesar de haber venido al mundo con varios meses de diferencia, y que unirse era una mera consecuencia natural. Otros dicen que se conocieron una tarde en que Francisco acompañó a su padre a la pulpería y que verse, sonrojarse y enamorarse fue un proceso que duró segundos pero marcó sus corazones de por vida. Desde ese momento, el joven Francisco acudió a la pulpería todas las noches después de agotadoras jornadas de trabajo solo para verla. No importaba si el inclemente sol de la pampa cuarteaba su espalda o la lluvia inundaba los caminos, él llegaba todas las noches. Y ella sentía que la garganta se le cerraba de dicha cada vez que lo veía entrar por la puerta. Como el tiempo conspira en contra del amor y Francisco no podía gastarse el jornal en la pulpería solo para verla, le confesó su amor una tarde y ella correspondió las ansias del muchacho con un tímido beso. A partir de ese momento fueron inseparables y Francisco gastaba sus manos trabajando los campos con el solo fin de juntar dinero y casarse con Encarnación.
Sin embargo el destino, que es la suma de decisiones propias y ajenas y es tan frágil como las hojas del otoño, puede por esa misma fragilidad engullir hasta lo más puro. Corría el año 1839 y el país avanzaba hacia un polvorín. Un entredicho diplomático, que ocultaba un trasfondo comercial, explotó entre el gobernador Juan Manuel de Rosas y Francia. Y el país europeo respondió enviando una poderosa flota que bloqueó el Río de la Plata. Esto movilizó a los opositores de Rosas que comenzaron a conspirar para derrocar su gobierno.
Por su parte los estancieros, que habían sido los que catapultaron a Don Juan Manuel al poder y avalaban con su silencio las despiadadas prácticas de represión del Dictador, comenzaron a protestar porque el bloqueo les impedía exportar sus productos y sus ingresos habían caído considerablemente. Se fueron produciendo grietas entre los que apoyaban a Rosas y no pocos hacendados se pasaron a las filas de los conspiradores.
Fueron estos últimos los que pergeñaron un plan que estaba destinado a cambiar los destinos del país: Rosas sería asesinado en Buenos Aires a manos del hijo del Presidente de la Junta de Representantes, mientras el unitario Juan Lavalle arribaría con un ejército desde Norte para adueñarse de la ciudad. Los estancieros, por su parte, agrupados en la denominada “Coalición de los Libres del Sur”, se sublevarían contra el tirano y tomarían el poder de la campaña. De más está decir que este minucioso plan contaba con el apoyo de los franceses.
Fue el Juez de Paz de Los Sauces, presionado por los estancieros, quien declaró la sublevación del pueblo y las calles se llenaron de eufóricos detractores del gobernador que incendiaron las banderas federales y destruyeron los cuadros de Rosas que había en la iglesia. Francisco y Encarnación vivieron esos sucesos con alegría y con plena inconciencia de lo que realmente estaba ocurriendo. Si bien él se colocaba la divisa punzó cada vez que iba a la pulpería o a realizar cualquier otra diligencia y ella debía su nombre a la esposa del Restaurador de la Leyes, ambos se decían federales más por costumbre que por convicción política. Y disfrutaron sin culpa de las botellas de vino que se multiplicaban por miles en el pueblo y de los payadores que, al son de guitarras, volcaban al viento sus coplas de liberación.
Pero al acercarse Noviembre, las noticias de Buenos Aires congelaron de terror el corazón de los pobladores de Los Sauces: el complot para asesinar a Rosas fracasó de forma estrepitosa y se cobró la vida del Presidente de la Junta de Representantes y de su hijo; Lavalle no invadió Buenos Aires y los franceses se negaron a intervenir en forma directa en el plan desestabilizador.
Los estancieros se encontraron súbitamente solos y obligados a enfrentarse ante una partida de dos mil hombres que había sido despachada desde Buenos Aires para “disciplinar” a los pueblos del Sur. Sin embargo, y a pesar de las condiciones adversas, los hacendados comprendieron que era tarde para rendirse y decidieron formar un ejército para hacer frente al que venía por sus cabezas. Y como sus fuerzas eran inmensamente inferiores, los dueños de los campos y el juez de paz de Los Sauces decidieron tomar una medida extrema: obligar a punta de pistola a los gauchos y campesinos a sumarse a ese ejército. Francisco, que hasta ese momento solo vivía para casarse con Encarnación, se vio de repente obligado a cumplir una sentencia de muerte.  Su primer impulso fue correr hasta la pulpería para verla, pero en el camino se encontró con un grupo de campesinos decididos a enfrentarse a las fuerzas policiales que recorrían casa por casa reclutando hombres. A las pocas horas, las balas se adueñaron del aire y el hecho pasó a la historia como La Pueblada. Era 5 de noviembre.
Los cronistas discuten sobre el final de Francisco López. Algunos dicen que su cuerpo sin vida fue encontrado en las polvorientas calles cuando finalizó el enfrentamiento. Otros dicen que fue fusilado junto con los cabecillas del alzamiento campesino. Son más específicos con el final de Encarnación: todos coinciden en que se dejó morir de hambre luego del asesinato de su amado.
Y también son unánimes con la apreciación de que desde ese día las gotas riegan esas mismas calles, ahora asfaltadas, como recordatorio de aquellos días infames. Algunos sostienen que el altísimo se encarga de limpiar con lluvias la sangre derramada de los inocentes hermanos. Otros que son las lágrimas de Encarnación que caen por el trágico final de su historia de amor.
Sea como sea, todos los 5 de Noviembre llueve en Los Sauces, y no pocos juran haber visto en la noche a dos sombras deambular por el Museo Municipal, enclavado donde años antes estaba la vieja pulpería.




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