Quizás muy poca gente lo sepa pero el acto de producción de un relato es un pacto de dos. Y entre ambos debe existir la misma correspondencia: alguien debe tener las ansias suficientes para transmitir un suceso y alguien debe tener las mismas ansias de recibirlo. Si esa unión de fuerzas se rompe, el relato vagará entonces como una simple anécdota a la espera de ser contada. El punto de quiebre para que un acontecimiento sea un relato es la capacidad que éste tenga para tocar la más íntima fibra del interés del receptor, pasando por todos las escalas de la atención, incluso el morbo.
En este sentido recordé la historia del Olympic. El Olympic fue el barco más grande de su tiempo, fue construido en los astilleros Harland & Wolff en Irlanda del Norte y realizó su viaje inaugural el 11 de Junio de 1911. La embarcación lo tenía todo: capacidad para albergar a 2.435 pasajeros y a una tripulación conformada por 860 integrantes, una sala de Primera Clase totalmente alfombrada, una piscina interior, un gimnasio, una cancha de squash, un baño turco, una biblioteca y una peluquería. Tenía decoraciones inspirados en estilos del clasicismo y los camarotes estaban adornados con revestimientos de madera blancos y costosos muebles de roble y estufas eléctricas. Contaba además con baños compartidos equipados con agua caliente y fría. Las suites tenían imponentes salas de estar con enormes chimeneas empotradas. A los costados de las cubiertas estaban los paseos equipados con mesas, reposeras y sillas de mimbre mientras que el comedor central de la primera clase era de estilo jacobino, en combinación de paneles blancos y muebles de caoba, con lámparas en todas las mesas y vitrales que recibían la luz natural de una hilera doble de ojos de buey.
Además, con sus 269 metros de eslora, superaba a sus inmediatos competidores por ser “la nave más grande que haya surcado los mares”: el Mauretania y el Lusitania. El Olympic realizó viajes regulares uniendo Liverpool con New York hasta que en 1914 fue confiscado por la Marina británica para transportar tropas durante la Primera Guerra Mundial. Durante la contienda sobrevivió a cuatro ataques submarinos y se dio el lujo de hundir al submarino alemán SM U-103, que quería embestirlo.
Terminada la guerra, volvió a los viajes de placer surcando el Atlántico Norte hasta que terminó sus servicios en 1935, año en que fue vendido a un particular y posteriormente desguazado.
Sin embargo, y a pesar de su rica historia, el Olympic no pudo escapar de su peor de sus enemigos: el olvido. No se han hecho películas en su honor y es casi desconocido por las nuevas generaciones. Alguien, en un ejercicio de aproximación semántica, advertirá el parecido de su nombre al de otro famoso transatlántico de la época. Y no se equivoca: el Olympic fue el hermano gemelo del otro barco insignia de la White Star Line, el Titanic. Mucho mejor, ya que luego del hundimiento de su hermano fue rediseñado (se le agregaron 48 botes salvavidas a los 68 ya existentes y fue aumentada la altura del doble fondo, haciendo que el casco fuera más resistente) transformándose en el verdadero “imposible de hundirse”, título que tan efímeramente tuviera el Titanic.
Y es ahí donde el destino se une con los fines prácticos del relato. El Olympic no fue a dar contra un iceberg, no se hundió, no se llevó consigo a 1.500 pasajeros y no se financiaron millonarias expediciones para recuperar sus restos. Muy por el contrario: terminó con éxito todos sus viajes y terminó desguazado en un astillero de Escocia.
Aunque yo prefiero pensar que todavía sigue viajando, surcando sin prisa las heladas aguas del olvido esperando ser, como en este caso, rescatado.

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