Puede sonar presuntuoso, pero la primer mujer que hice llorar en mi vida fue a mi señorita de primer grado. Y no está mal que lo recuerde porque fue mi primera experiencia de la tristeza ligada a la ruptura de un Orden establecido.La tarea era la habitual: la “seño” dictaba una serie de palabras y cada uno de nosotros debía escribirlas renglón por renglón, con un mismo tipo de letra y “con una misma lapicera”. Esta indicación fue subrayada varias veces porque muchos de nosotros teníamos la costumbre de escribir cada letra de un color distinto formando un errático arco iris en el papel que estéticamente podía quedar muy bonito, pero que no respondía a los fines prácticos de la tarea.
Y yo, que en ese momento pensaba que las reglas estaban dadas para que Otros las cumplan (aún lo sigo pensando, pero en esa época más) tomé mis lápices de colores y comencé a escribir tratando de seguirle el ritmo a la seño. Después fui quedando rezagado. Y al final, cuando el dictado terminó, yo no había llegado a escribir ni la mitad de las palabras. Cuando la seño llegó a mi banco, me reprendió por no haber usado la lapicera y me advirtió que si volvía a usar los lápices de colores en un dictado me pediría directamente el cuaderno de comunicados. Luego procedió a calificarme. Las notas en los alumnos de primer grado suelen ser muy expresivas: las excelentes o muy buenas se ilustraban con una carita sonriente, las buenas y regulares con una carita seria. Y a mí, que no había terminado el dictado y que para colmo la había desobedecido, me tocó una carita llorando.
Y no es casual que en este sistema tan perversamente modelado la enseñanza de los chicos esté a cargo de mujeres. El llanto femenino sigue siendo la respuesta más terrible ante una promesa rota, una expectativa no alcanzada, una frase fuera de lugar, una amenaza de separación o simplemente, como lo muestra el ejemplo de la seño, el hecho de sentirse traicionadas.
Es la única arma frente a la cual el hombre se siente desarticulado. Uno puede lidiar frente a una mujer enojada (que es, básicamente: no haciendo NADA y dejarla ser), pero una mujer llorando es inabordable. Uno puede hacerle frente a la furia con más furia, pero frente a la culpa no hay escape. Y mienten los hombres que alegan una cierta inmunidad, porque la culpa nos toca a todos y llega acompañada con la frase lacerante: “¡Boludo! La hiciste llorar”.
Uno puede optar entre abrazarla, consolarla, hablarle, escucharla (aunque no emita sonidos), NADA o todo eso junto sabiendo de antemano que ninguna opción es la correcta porque cada mujer reacciona diferente.
Y a lo largo del tiempo se sucederán situaciones en donde las mujeres llorarán y los hombres reaccionarán impávidos frente a ese fenómeno que coloca los reflectores sobre ellos sin saber que decir. Y ese llanto será la alarma ensordecedora que indica que se ha roto el Orden establecido. ¿A qué remite ese orden establecido? Ni idea. Pero sospecho que está relacionado con el deseo fracturado de la mujer que llora. Y mientras permanezca ese interrogante, siempre habrá caritas llorando sobre lo que hicimos, no hicimos, tendríamos que haber hecho o dejamos de hacer.
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