jueves, 17 de noviembre de 2011

Los ladrones de antes tenían Códigos.

Don Amadeo cerró los ojos y respiró profundo. Podía escuchar como el viento acariciaba con suavidad las copas de los árboles. En el cielo, y solo secundada por algunas estrellas, la Luna regaba su tenue blancura sobre los techos de las casas.
A esas horas, el barrio regalaba su verdadera cara y recobraba la tranquilidad tantas veces robada por las modernas exigencias de la vida diurna. Y es por eso que Don Amadeo amaba caminar de noche, recorriendo las calles de cordones pintados. Algunas veces lo hacía con la compañía de su radio portátil sintonizada en alguna emisora de tangos. Y otras, solo bastaba la ofrenda de su silbido al aire.
Su mujer, la bella Leonor, no perdía ocasión para decirle que esa era una costumbre de viejos. La había conocido en un burdel en la calle Defensa, meses después de la Revolución del Parque, donde sorprendía a clientes desprevenidos. Ambos llevaban un matrimonio glamoroso, siempre adictos a las fiestas, abiertos a las nuevas experiencias de cualquier índole y mudándose convenientemente para evitar controversias. Y si bien Don Amadeo todavía mantenía su preferencia por invitaciones alocadas, se daba su tiempo para gozar de entretenimientos más simples como pasear por las noches con su infaltable boina y la bufanda anudada al cuello antes los cada vez más insistentes reproches de su mujer. Leonor reía burlona al afirmar que el paso de los años había hecho estragos en el temple de su esposo y que solo le faltaba el bastón para recibirse de jubilado. Don Amadeo refunfuñaba y respondía que el tiempo transcurrido le había hecho apreciar las cosas más simples de la vida. A decir verdad: los años nunca fueron un problema para ellos.
 Caminaba con sus sentidos entregados al viento y a los sonidos callados de la noche cuando advirtió que una persona, que hasta ese momento transitaba por la vereda opuesta a la suya, cruzó la calle con la idea manifiesta de interceptarlo. Don Amadeo apretó los puños dentro de sus bolsillos y miró alrededor. El hecho de ver la zona vacía lo reconfortó. Ambos coincidieron frente a una casa escasamente iluminada producto de los frondosos árboles que la misma tenía en su frente.
-¿Tiene una moneda, Don? – preguntó la persona al pasar a su lado. Por el tono de su voz, Don Amadeo pudo advertir que se trataba de un joven de no más de veinte años. Supuso también que ocultaba dentro de su campera deportiva azul algún tipo de arma o de objeto punzante. Y sobre todo, que el inquieto movimiento de sus ojos era la evidencia perfecta de su falta de experiencia en los abordajes nocturnos.
-No, amigo. No tengo nada – respondió Don Amadeo con naturalidad. Y porque los chicos de ahora le dicen “amigo” a cualquiera.
-¡Dale, guacho! ¡Qué no vas a tener! – dijo el joven sacando un revolver del interior de su campera y apuntando hacia Amadeo. Éste levantó las manos y trató de ser lo más conciliador posible.
-Está bien. Yo algo de plata tengo. Pero quedate tranquilo y guardá el arma.
Don Amadeo pidió permiso con la mano y comenzó a bajarla hacia el bolsillo posterior de su pantalón, donde tenía la billetera. El joven perdía de a poco la paciencia con la lentitud de su asaltado y giraba repetidas veces hacia atrás. En uno de esos movimientos, Amadeo pudo advertir unas facciones conocidas en ese joven armado.
-Quizás no sea el mejor momento para decirlo pero creo que yo a vos te conozco – dijo Amadeo ante la súbita desesperación del joven, que se tapó la cara con el brazo que le quedaba liberado y comenzó a proferir insultos.
Amadeo optó por callarse y acercó su billetera hacia el asaltante. Su mayor preocupación era evitar que el joven disparara y que el ruido despertara a los vecinos. No quería fingir una herida y mucho menos responder preguntas incómodas a policías curiosos. Pero su mente no paraba de traerle imágenes. ¿Dónde había visto esa cara? Amadeo lamentó profundamente no tener un contacto más fluido con la gente del barrio. Pero si su rostro le llamaba la atención debía estar ligado a su pequeño círculo de actividades.
-El celular. ¡Dale! – gritó el joven una vez que tuvo la billetera en su poder.
¿Dónde había visto esa cara? Y si tan solo Leonor estuviera con él para ayudarlo. Ella que es tan inquieta y se que se esfuerza por vincularse con la gente y trata por todos los medios de incluirlo en sus actividades. Amadeo buscaba sin éxito su celular al tiempo que el asaltante perdía su compostura. ¿Dónde había visto esa cara?
Finalmente, Don Amadeo llegó a la conclusión y una sonrisa se dibujó de forma involuntaria en su pálida cara. Como siempre, Leonor era la clave.
-¡Claro que te conozco! Vos sos el hijo del mueblero. El otro día fui al negocio a averiguar el precio de un sillón que a mi mujer le había encantado y me atendiste vos porque tu viejo no estaba. ¡Vos sos de acá!
El joven se inmovilizó al escuchar eso. Solo atinó a mantener la mano extendida hacia Amadeo esperando un celular que no iba a llegar nunca.
-¡Te quemo, hijo de puta! – gritó el joven apuntando hacia la cara de su asaltado mientras las ramas de los árboles comenzaban a moverse con mayor intensidad.
-¿Quemarme? ¿Con este viento? – respondió Amadeo ya cuando el ruido de las hojas era incontenible y el viento comenzaba a elevar la tierra de las calles. Una rama golpeó con dureza la cara del joven al punto de desestabilizarlo. Cuando se incorporó, solo tenía frente a sí la oscuridad de la vereda, el ruido de las hojas y la luna llena derramando su blancura. Ninguna señal de Don Amadeo.
El joven giró sobre sus pasos apuntando al vació cuando una voz que pareció venir de los cuatro puntos cardinales retumbó en sus oídos: “¿No te dijo tu mamá que no se le afana a la gente del barrio?”. En ese momento, el joven sintió cómo una mordida le desgarraba el cuello y que ese dolor lacerante le impedía escapar. Quiso dispararle a eso que lo sostenía por detrás pero una mano muñida de garras le cortó la muñeca y le obligó a soltar el arma, que dio a parar al centro de la calle. El joven entonces intentó golpear al extraño que lo atacaba pero se dio cuenta que ni siquiera podía mover los brazos y que su conciencia se esfumaba con cada gota de sangre que le era succionada.
Cayó de bruces contra el suelo, quiso incorporase pero le resultó imposible. Con un hilo de raciocinio pudo ver la lívida cara de Don Amadeo, sus colmillos desbordando los límites de su boca y sus ojos inyectados de sangre dirigiéndose hacia el cielo. La escena se fue volviendo cada vez más borrosa y el joven dejó de respirar.
Don Amadeo se limpió la sangre todavía caliente que chorreaba de su boca y se acomodó la boina. Luego fue hacia el centro de la calle, tomó el arma y la arrojó a una zanja cercana. Y continuó caminando, silbando ese tango de Pugliese sobre la ventanita del arrabal. Y meditando sobre cómo la modernidad iba borrando los límites y el respeto. Y los códigos. Porque quizás la frase esté gastada pero por ello no dejaba de ser cierta: los ladrones de antes tenían códigos. Y eso que Amadeo había conocido ladrones a lo largo de su vida, pero como los de ahora…

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